Los ciudadanos de a pie, los que solo opinan si les dejan una urna para votar, contemplan asombrados la desintegración de la clase política al mando, todos, sin apenas tiempo de reaccionar ante el goteo constante de sobresaltos.
¿Dónde empieza el mal y a quien afecta? Hubo un tiempo en el que las ideologías marcaban la línea a seguir entre los que veíamos en la política la formula para un mejor gobierno, fueron tiempos de estudio, de lucha, de alianzas y acuerdos; los partidos políticos vieron la necesidad de evolucionar y de incorporar sangre nueva a sus filas que dieran una forma de hacer y actuar diferentes, la ideología ya marcada permitía un parón en las utopías, y las practicas dieron cabida poco a poco al todo vale con tal de alcanzar metas y mantenerlas.
Lo cierto es que ha sido una gangrena interna la que ha socavado no solo a los grandes partidos protagonistas en su día de la transición que tanto alabamos, sino también a aquellos que participes de ella no supieron o no los dejaron progresar en el entramado social. Y en algunos casos, como el nuestro, los nostálgicos vieron necesario un salto al pasado, retomar la vieja senda, como única solución de supervivencia, olvidar años de progreso y apertura ideológica, para mantenerse como el gran oso del viejo zoo del Retiro madrileño, inmóvil, observado, como objeto de estudio, sin aspiraciones de futuros inciertos. Pero igual que el cuerpo humano reacciona ante los problemas internos, los cuerpos políticos tienen o deberían tener sus propias defensas.
Las militancias deben reaccionar ante los abusos del poder y mas si estos les llevan por caminos no deseados a la ruina; las bases tienen que tener movimientos internos para dar vida, la voz critica que no se deja alzar y no se permite oir, son el antivirus indispensable porque sin ellos, los que en el poder monolítico deciden y manipulan, terminaran por destrozar lo que la fe de muchos y su trabajo, han ido sembrando, una siembra a base de conocimiento del entorno, de sus necesidades, de sus defectos y virtudes, que desde la cima ni se ve ni se quiere conocer.
El poder corrompe, frase muy escuchada últimamente, pero no es cierto, el poder solo corrompe a los corruptos, a los que en el descubren como pasar de ser nada a un todo poderoso.
¿Y la Ley, acaso no está ahí como garante de derechos? Así debería ser, si los ciudadanos perdiéramos el miedo en acudir a ella. Y la Ley, pese a los legisladores que intenten manipular, su cumplimiento, es desgraciadamente en muchos casos el único salvavidas al que agarrarse.
Los males internos de los partidos dejan de ser propios si dañan el interés general, y faltar a la Norma legal es un daño reversible, porque es la propia Norma la que establece las vías que la custodian. Hace falta voluntad y valor para abrir la puerta que nos encierra, y si el diálogo no la abre que sea la Ley la que empuje y fuerce.
